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Cómo ganar dinero sin empleados y convertirse en un solopreneur de éxito

Un solopreneur es una persona que monta un negocio rentable sin contratar a nadie. Qué es exactamente, en qué se diferencia de ser autónomo y qué hace falta para llegar.

Oscar Ojeda ·


La mayoría de la gente que monta un negocio en solitario acaba montándose un empleo.

Y encima uno peor que el que tenía. Sin horario, sin vacaciones pagadas y con un jefe distinto cada semana.

No pasa por trabajar poco. Casi siempre pasa al revés: por trabajar mucho en un negocio que estaba mal montado desde el primer día.

Porque un negocio de una sola persona tiene sus propias reglas. No son las de una empresa en pequeño. Son otras.

Estas son las que importan.

Qué es un solopreneur y en qué se diferencia de un autónomo

Un solopreneur es una persona que monta un negocio y lo hace crecer sin contratar a nadie.

Suena a palabra de moda, y lo es. Pero la idea de debajo es vieja y funciona.

La diferencia con ser autónomo del montón no está en cuánto ganas. Está en una sola pregunta:

¿Qué pasa con tu negocio el mes que no puedes trabajar?

Si vendes horas, ese mes no entra nada. Eres un freelance. Tienes un jefe distinto cada semana y un sueldo con más riesgo que el de un empleado.

Un solopreneur no vende horas. Vende algo que ya está hecho: un producto, un servicio empaquetado, un sitio donde la gente entra y paga.

Y ojo, que se puede empezar vendiendo horas. Casi todo el mundo empieza ahí. Pero entonces esas horas tienen un trabajo extra que la mayoría no les asigna: pagarte el tiempo para construir lo que no son horas.

Si no les das ese trabajo, un año después sigues exactamente igual, solo que más cansado.

Ahí está toda la diferencia. Un negocio de una sola persona no es un negocio pequeño.

Es un negocio sin fricción.

Sin nóminas, sin reuniones, sin explicarle a nadie lo que hay que hacer, sin esperar a que otro termine su parte para poder seguir tú.

Eso no es una versión reducida de una empresa. Es otra cosa.

Por qué ahora se puede y hace diez años no

Piensa en todo lo que hacía falta hace diez años para vender algo por internet.

Alguien que te montara la web. Alguien que te llevara los correos. Alguien que te editara los vídeos. Alguien que te diseñara. Alguien que te programara el cobro.

Cinco personas. Cinco sueldos, o cinco facturas.

Hoy eso son herramientas que cuestan menos al mes que una cena fuera. Y con la inteligencia artificial encima, tareas que costaban una tarde entera se hacen mientras te preparas un café.

Por eso hoy un negocio de una sola persona no es el apaño de quien no encuentra socios. Es una forma seria de ganarse la vida.

Ahora, aviso.

Las herramientas te quitan el trabajo, no el criterio.

Te montan una web en veinte minutos, pero no saben si esa web le hace falta a alguien. Te escriben cuarenta correos, pero no saben si lo que dicen le importa a quien los recibe.

Y como ahora cualquiera puede montar cualquier cosa en una tarde, hay muchísima más gente montando cosas que no le hacen falta a nadie.

La barrera ya no es técnica. La barrera es saber qué hacer.

Eso se consigue haciéndolo, o viendo de cerca a alguien que ya lo hizo. No hay atajo.

Las cinco preguntas antes de montar nada

La idea de fondo no es nueva. Está en La vía rápida del millonario, de MJ DeMarco, y se puede aterrizar en cinco preguntas.

Merece la pena pasárselas a cualquier idea antes de tocar un teclado.

1. ¿Le hace falta a alguien?

No: ¿me gusta a mí? No: ¿es original?

¿Hay alguien ahora mismo con un problema que esto le quita?

Casi todos los negocios que se montan nacen de la pregunta equivocada. Nacen de "esto me apetece" o de "esto no lo hace nadie".

Y que no lo haga nadie casi nunca significa que sea una oportunidad. Suele significar que ya lo intentaron y no comía.

Este fallo, además, no se arregla después. Da igual lo bien que se haga todo lo demás: si nadie lo necesitaba el primer día, seguirá sin necesitarlo el último.

Por arriba no se sale.

2. ¿Puede montarlo cualquiera esta tarde?

Si la respuesta es sí, lo va a montar cualquiera esta tarde.

La barrera no tiene por qué ser técnica, ojo. Casi nunca lo es.

Puede ser tu cara. Tu historia. Un oficio que conoces por dentro y del que sabes cosas que no están escritas en ningún sitio. Dos años de clientes contentos que hablan bien de ti.

Eso no se copia en una tarde. Un producto sí.

Pero alguna barrera tiene que haber. Si no la hay y encima funciona, la competencia llega antes de que hayas aprendido a cobrar.

3. ¿Mandas tú?

Si tu negocio vive entero dentro de una plataforma que puede cambiar las reglas el martes, no es tu negocio. Estás de alquiler.

Un algoritmo cambia y pasas de llegar a mucha gente a no llegar a nadie. Sin aviso, sin explicación y sin nadie a quien reclamar.

Que no se entienda mal: hay que usar esas plataformas. Pero como se usa la calle, para que la gente te vea y entre en tu local.

No pongas el local en la calle.

4. ¿Crece sin que crezcas tú?

Atender a diez personas no debería costar diez veces más trabajo que atender a una.

Si cuesta diez veces más, eso no es un negocio: es un empleo con más papeleo y sin vacaciones pagadas.

Esta pregunta es la que decide si dentro de tres años se puede seguir solo.

5. ¿Cobras aunque no estés?

Esta es la que separa a un solopreneur de un autónomo cansado.

No hace falta que sea todo el dinero, ni mucho menos. Con que una parte entre sin ti, el juego ya ha cambiado: has separado tus ingresos de tus horas.

Y a partir de ahí, cada hora de trabajo puede ir a agrandar esa parte, en vez de a mantenerte a flote.

Ninguna idea saca cinco de cinco. Tampoco hace falta.

Pero si suspende tres, mejor cambiar de idea sin pena. Sale mucho más barato hacerlo ahora que dentro de dos años.

Lo único que va a ser tuyo de verdad: la lista

Esta es la parte que más tarde se entiende, y la que más se tarda en tomar en serio.

Imagina dos personas que empiezan el mismo día y hacen el mismo trabajo.

La primera consigue mil seguidores. La segunda consigue cien correos.

A simple vista gana la primera por goleada.

Pero la primera no puede hablar con sus mil seguidores cuando quiere. Puede publicar y esperar a ver a cuántos se lo enseñan. Igual a cien. Igual a diez. Eso no lo decide ella.

La segunda escribe un correo y le llega a los cien. A los cien. Hoy, mañana o dentro de un año.

Los seguidores son de la plataforma. La lista es tuya.

Y hay algo más, que se ve menos.

Un seguidor da un clic distraído mientras hace scroll en el sofá. Quien deja su correo ha hecho algo bastante más serio: te ha dejado entrar en el sitio donde recibe las facturas y los mensajes del banco.

Eso no se da a la ligera. Por eso vale tanto.

Cómo se consigue un correo

Nadie da su correo porque se lo pidan con educación.

"Apúntate a mi newsletter" no es una razón. Es pedirle a alguien que se comprometa a recibir cosas tuyas para siempre a cambio de nada.

Lo da a cambio de algo concreto. Y ese algo no es un libro gratis de cuarenta páginas, por mucho trabajo que haya costado. Nadie se lee cuarenta páginas de alguien a quien no conoce.

Lo que funciona es resolverle a alguien el primer problema del camino. Uno pequeño, muy concreto, que se resuelva en diez minutos.

Fíjate en el matiz, que es el que casi todo el mundo se salta: el primer problema, no el gordo.

Si le resuelves el gordo, ya no te necesita. Le has hecho un favor enorme y te has quedado sin nada que venderle.

Si le resuelves el primero pasa algo mejor: se lo resuelves de verdad, comprueba que sabes de lo que hablas, y a los dos días se atasca en el segundo.

¿Y a quién va a buscar?

Al que ya le sacó del primero.

Ahí hay otra cosa funcionando por debajo, que está estudiada y tiene nombre: cuando alguien recibe algo antes de que se le pida nada, se siente en deuda. No hace falta que sea un regalo caro. Hace falta que llegue primero.

Cómo saber qué vender sin adivinar

Este es el error más caro de todos.

Seis meses encerrado construyendo el producto que a uno le parece maravilloso. Se saca. No lo compra nadie.

Seis meses tirados por no hacer unas preguntas.

Y lo peor no es perder seis meses. Lo peor es salir de ahí sin saber por qué fue, así que el intento siguiente vuelve a ser a ciegas.

La alternativa es ridículamente sencilla: preguntar.

A quien acaba de dar su correo, dos o tres preguntas de un solo clic. En qué punto está. Qué es lo que más le cuesta. Qué le haría ilusión conseguir.

De un clic, sin escribir nada. Escribir da pereza y casi nadie lo hace. Pulsar un botón lo hace todo el mundo.

Con cien respuestas de esas ya no se adivina. Se ven los tres o cuatro problemas que se repiten una y otra vez, y de esos se ve cuáles duelen: los que cuestan tiempo, dinero o disgustos.

Ese es el producto. El que más duele, no el que más apetecía hacer.

Y en las respuestas hay un regalo escondido que vale casi más que la respuesta: las palabras.

La gente cuenta su problema con sus palabras, no con las tuyas. Y esas son las que hay que usar en la web y en los correos. Tal cual, sin traducir a lenguaje de folleto.

Cuando alguien lee su propio problema escrito con sus propias palabras, no piensa "qué bien escribe este".

Piensa "este me entiende".

Y de ahí a comprar hay mucho menos camino.

Una oferta, no una escalera de precios

Se lee en muchos sitios que hace falta una escalera de valor. Algo baratito para entrar, luego uno medio, luego uno caro, luego uno muy caro.

A ver.

Esa escalera es el mapa de alguien que ya llegó arriba. La dibujó después, mirando hacia atrás, cuando ya sabía cuál había sido el camino.

Al principio no se sabe cuál es el camino propio. Así que copiar esa escalera es copiar el resultado del aprendizaje de otro, sin haber hecho el aprendizaje.

Y hay una trampa peor. Montar cuatro productos antes de vender uno es la mejor manera de pasarse un año entero haciendo cosas en vez de aprendiendo cosas.

Se siente igual de bien, ese es el problema. Estás ocupado, avanzas, tachas tareas. Pero no aprendes nada, porque nadie te ha dicho todavía que no.

Haz una oferta. Ponle precio. Véndela. Corrige.

Una sola. Fea si hace falta. Un vídeo corto, una plantilla, dos horas de tu tiempo empaquetadas con nombre y precio.

Porque lo que se aprende el día que alguien paga no se aprende de ninguna otra forma.

Aprendes si el precio era una tontería, por arriba o por abajo. Aprendes qué te preguntan justo antes de pagar, que son las dudas de verdad y no las que te imaginabas. Aprendes qué esperaban que estuviera dentro y no estaba.

Y aprendes algo que no es información: que se puede. Que hay alguien dispuesto a dar dinero por lo que sabes hacer. Eso cambia cómo te presentas al día siguiente.

Con todo eso sale la versión dos. Y con la versión dos, la tres.

La escalera aparece sola, escalón a escalón, hecha con lo que va pidiendo la gente que ya ha pagado. No la dibujes antes de tiempo, que te vas a equivocar en los cuatro escalones a la vez.

La rutina de un solopreneur cabe en un folio

Cuando estás solo, lo que mata no es la falta de ideas.

Es la lista de cosas que podrías estar haciendo. Que es infinita, y que encima crece cada vez que abres el móvil y ves a otro haciendo algo que tú no haces.

Todo lo de arriba se sostiene con cinco piezas. No hacen falta más:

  • Un sitio donde publicar. Uno. El que se te dé bien a ti, no el que esté de moda.
  • Algo que resuelva el primer problema de tu cliente, a cambio de su correo.
  • Una página donde dejar ese correo, y dos o tres preguntas justo después.
  • Un correo cada cierto tiempo, siempre el mismo día.
  • Una oferta a la venta.

Ya está. Esa es la máquina entera.

Lo demás que se te ocurra hacer, casi siempre, es una forma elegante de no hacer estas cinco.

Y un filtro que viene bien para todo lo que se te ocurra: si para sostenerlo hiciera falta contratar a alguien, no se monta.

No porque contratar sea malo. Porque el día que contratas, el negocio deja de caber en tu vida y pasas a trabajar para la nómina. Es una decisión respetable, pero es otra decisión, y conviene tomarla a propósito y no por inercia.

Los primeros meses no pasa nada

Esta parte se cuenta poco.

Los primeros meses escribes y no te lee nadie. Publicas y no contesta nadie. Miras los números y son los mismos que ayer.

Es raro y da un poco de vergüenza, como hablar solo en una habitación vacía.

Lo único que se puede hacer ahí es seguir publicando el día que toca, aunque no haya nadie mirando.

Y no es cuestión de fe. Es que el trabajo de esos meses no desaparece: se queda ahí.

Cuando por fin aparece alguien, se encuentra treinta cosas tuyas esperándole. Y eso no se improvisa la semana que decides que ya toca vender algo.

Los que abandonan no abandonan porque no funcione. Abandonan antes de que se note, que no es lo mismo.

El orden por el que tiene sentido empezar

Si hubiera que ponerse mañana desde cero, este es el orden que tiene sentido:

  • Pasar la idea por las cinco preguntas. Si suspende tres, buscar otra sin pena.
  • Elegir un solo sitio donde publicar, y publicar cinco veces. Cinco, no quinientas.
  • Hablar con diez personas de verdad y averiguar cuál es su primer problema.
  • Resolver ese problema en algo que se consuma en diez minutos, y pedir el correo a cambio.
  • Preguntar dos o tres cosas de un clic a quien se apunte.
  • Poner algo a la venta a las cuatro semanas. No cuando esté perfecto, que no va a estarlo.

Eso es un negocio de una sola persona. No hay más.

Lo difícil no es entenderlo. Es hacerlo cuando no hay nadie esperando que lo hagas, ni nadie a quien darle explicaciones si lo dejas.

Ahí es donde se decide, y eso no lo arregla ninguna herramienta.

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